El perro, regalo de Navidad: Una decisión importante

 In Adiestramiento Canino

El perro como regalo navideño: 

En este escrito os invito a hacer una reflexión que os ayudará a tomar la decisión más adecuada:

¿Queremos un perro o no como un miembro más en la familia?

Un perro no es un juguete, es un ser vivo que nos dará muchas satisfacciones pero que también, si no sabemos entenderle y cubrir sus necesidades tanto físicas como psíquicas, puede convertirse en una de las peores decisiones tomadas. Disfrutar de un perro es una de las mejores experiencias que se pueden tener, pero hay que entender qué significa y qué cuidados requiere.

Para que los cachorros o perros adultos que cada año llegan con Papá Noel y los Reyes Magos (y para todos en general) se integren en su nueva familia y en nuestra sociedad con garantías de éxito, sería fantástico que sus nuevos amos pidieran como regalo adicional un curso de educación de la mano de un adiestrador profesional.

Esos angelitos de cuatro patas recién llegados pasarán diez o quince años acompañando nuestras vidas, y conviene tener claro que serán fiel reflejo de la formación que reciban:

Es el momento, por tanto, de decidir si queremos realmente disfrutar del perro y con el perro todo ese tiempo, o si queremos dejar la puerta abierta a la posibilidad de arrepentirnos siempre de la decisión de haberles permitido llegar a nuestro hogar.

Todos los procesos educativos bien desarrollados tienen características claras, y la educación del perro no es la excepción. Algunas de estas características que siempre destaco a quien me pregunta si es o no buena idea adquirir un perro son:

  • Inversión en tiempo y dedicación:

Me refiero en cuanto tiempo, esfuerzos y sacrificio. Todas las bases que asentemos desde el inicio de la relación con el perro quedarán ya fijadas para el futuro. Es interesante tener claro entonces qué queremos que haga y qué nunca le permitiremos que haga.

  • Fijar las bases de su conducta desde el principio:

Hay ciertas actuaciones muy placenteras para los humanos (especialmente cuando es un cachorro) que se pueden convertir en un engorro en el futuro; subirle a nuestro regazo, darle comida desde la mesa, atiborrarlo de golosinas, hacerle caso cuando reclama inadecuadamente atención, ponerlo a dormir con nosotros… Una norma importantísima es no enseñarles lo que no deben hacer; Si desde el inicio somos nosotros los que le subimos al sofá ¿Cuál es el día adecuado para que de repente las normas cambien? Si le damos las zapatillas viejas para que muerda ¿Cómo podrá averiguar que no todo el calzado es para su entretenimiento?

  • Constancia:

Para que el perro llegue a funcionar de manera autónoma, es necesario mantener siempre las mismas directrices para que pueda aprenderlas. Sólo con constancia podemos consolidar la experiencia, y si la experiencia es siempre la misma, se convertirá en hábito. Por tanto, si hay algo que no esta permitido, no esta permitido nunca, y lo que es lícito, lo es siempre; Difícilmente un animal llegará a entender por qué hoy le prohibimos algo que ayer le elogiamos, o cómo es posible que le premiemos al realizar algo que otro día era ilegal…

  • Siempre el mismo y único criterio: Coherencia.

Es vital tener desde el principio una idea clara de las normas de convivencia que queremos conseguir, que estas sean coherentes y nosotros consecuentes con ellas, y mantener una línea de trabajo uniforme para su consecución. Si quien debe hacer de guía del perro tiene dudas, también las tendrán los que dependen de él evidentemente… Es el “educador” quien debe tener sabiduría para transmitírsela al “educado”. Por tanto, conviene establecer de antemano la hoja de ruta y el criterio con el que viajaremos para llegar al destino. Me parece importante en este punto recomendar ser muy prudente con los consejos de terceros (los compañeros del parque, internet, el que ha estudiado un cursillo…) Nada mejor ante la indecisión que consultar a un profesional del comportamiento canino y seguir escrupulosamente sus directrices, obviando cualquier consejo externo que pueda interferir en el camino que ese profesional haya trazado.

  • Simplicidad:

Estamos trabajando con un individuo más simple que nosotros, pero el perro es capaz de aprender mucho y muy rápido. Para conseguirlo, qué mejor idea que encauzarle dentro de pocas normas al inicio, muy simples y muy claras. Entenderá claramente los valores absolutos (si/no; bien/mal) y difícilmente los condicionales (según sí…, depende de…, quizá hoy sí y mañana no…). Es importante remarcar que aunque su “procesador” funcione de manera más sencilla, no tiene por qué ser ineficaz ¡Cuidado con ofender su inteligencia! Si se les “explica” bien qué queremos y qué no, aprenden mucho, bien y rápido.

  • Estructura:

Es imprescindible en esta vida saber qué puedes y qué no puedes hacer, cuándo es el momento y cuándo no, cuáles son los límites del bien y del mal… Un aprendizaje bien desarrollado lleva al individuo a una ordenación cerebral sólida y eficaz, que implica salud, equilibrio, seguridad, confianza, bienestar, tranquilidad, saber estar, y le da herramientas tanto para relacionarse adecuadamente con los demás como para poder adaptarse a las situaciones que se le presenten. Educar desde un criterio claro, con la debida paciencia y constancia, llevará al alumno a esta situación de estructura consistente y próspera.

No son estas todas las características que debemos tener en cuenta, pero sí algunas que se me antojan ineludibles. Evidentemente, todas están estrechamente relacionadas entre sí, y de la coherencia del conjunto resultará la consistencia de la educación del perro, y paralelamente, la satisfacción de la convivencia conjunta.

Es importante adaptarse a las diferentes etapas de desarrollo del perro. Es evidente que un niño de preescolar no está preparado para asumir los aprendizajes de primaria, igual que un niño de 10 o 12 años no está preparado para ir a la mili… Hay que acomodarse a la maduración neuronal, cognitiva y emocional que corresponde a cada edad, exigiendo la respuesta y la responsabilidad que corresponde a cada momento.

Puesto que empezaba el artículo haciendo alusión a los perros que se habrán adquirido con motivo de los regalos navideños, la primera etapa para el perro será superar el estrés de haber perdido de vista todo lo conocido (progenitores y hermanos, criador, entorno estable…) y adaptarse a un escenario donde todo es nuevo (ruidos, olores, gente, alimentación, horarios…). Dependerá de cada perro que ese proceso de adaptación sea más o menos largo, y si hablamos de cachorros, probablemente sea por lo general menos de una semana para el interior de casa. El hacerse con el mundo exterior llevará más tiempo, pero resulta importantísimo socializar al cachorro lo antes posible, pues a partir de los tres meses de vida aproximadamente la edad irá en contra del proceso. Si el cachorro no está completamente vacunado deberemos mantener unos márgenes de prudencia para evitar enfermedades, pero conviene que su cabeza vaya registrando el ajetreo de la calle, aunque sea en brazos de los dueños; desde el punto de vista del comportamiento es completamente contraproducente la incomunicación respecto al entorno a la que se somete a un cachorro confinado a la vivienda.

En casa podemos ir educándole en el respeto a unas normas mínimas de convivencia: zonas de la vivienda permitidas y las que no, los hábitos diarios y los horarios que rigen su vida, los juegos aceptados y los prohibidos, la relación correcta con el resto de la familia, el respeto al mobiliario… y por supuesto, los hábitos de higiene: Una pauta horaria fija para las comidas facilitará que el cachorro la tenga también para las necesidades. Es buena práctica apuntar por unos días las horas en las que le vemos hacer “sus cosas”, y teniendo presentes sus horarios los podremos aprovechar para encaminarle a la zona destinada para ello.

Sólo cuando el cachorro pueda salir con regularidad, se sienta tranquilo en la calle, y conozca mínimamente el entorno podremos empezar a pensar en que haga sus necesidades fuera. Deberemos entonces tener un horario fijo de paseos para que lo pueda aprender y adaptarse a él. Es un proceso que requiere su tiempo.

Toda esta inversión educativa debe basarse, insisto, en la constancia, la paciencia, el cariño, la simplicidad, el juego… El nivel de exigencia podrá ir aumentando paulatinamente conforme a la madurez del individuo, sin olvidar decirle “no” a las cosas prohibidas desde el principio. Si los fundamentos pedagógicos son sólidos desde la infancia, después será más fácil progresar en la enseñanza del adolescente…

Antonio Ruiz de Conejo

Adiestrador Canino Profesional 

Educación para perros

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